No hay que temer mas que al miedo mismo para dejar de brillar...

UNA PRIMERA DAMA
Eleanor Roosevelt jamás quiso ser esposa de un presidente. Cuando su marido, Franklin Delano, ganó la campaña en 1932, se sintió profundamente confusa. La perspectiva de vivir en la Casa Blanca, la aterraba. Pero sin duda lo que más la desolaba era la idea de tener que renunciar a su independencia.
En esa época, Eleanor había logrado grandes satisfacciones como maestra, escritora y luchadora política. Era seguro que convirtiéndose en primera dama dejaría de tener una vida propia. Obligada a seguir los pasos de las otras exprimeras damas, se vería atendiendo cientos de recepciones oficiales.
"Desde mi punto de vista, me negaba absolutamente a que mi marido pudiera ser presidente", confesó en una ocasión, "sé que era puro egoísmo de mi parte. Sin embargo, nunca le dije una sola palabra acerca de mis sentimientos."
No, jamás se los comentó. A pesar de que efectivamente odiaba todo lo que tenía que ver con protocolos, la señora Roosevelt cumplió, hasta sus últimas consecuencias, con sus deberes como primera dama. Durante los años que pasó en la Casa Blanca siempre atendió personalmente la organización de tés, recepciones y cenas oficiales. Y en tanto se disciplinaba al máximo en todas estas tareas tan engorrosas, poco a poco, y sin darse cuenta, fue transformando el papel de la primera dama de Estados Unidos.
Cuando veían que se esmeraba de esa forma, sus amigos más cercanos le aconsejaban: "No dejes de ser tú misma. Síguete interesando por lo que siempre te interesaste. Sigue luchando por lo que siempre luchaste". Fue así que con el tiempo se convirtió en la primera esposa de un presidente que con toda libertad asumió la vida pública y su carrera a la vez.
Los estadounidenses nunca habían visto una primera dama como Eleanor. Ella fue la primera que abrió personalmente la puerta de la Casa Blanca a los periodistas; la primera en llevar ella misma el record de las ruedas de prensa; la primera en manejar su coche; la primera en viajar en avión; y la primera en hacer viajes oficiales sola. "My missus goes where she wants to." "Mi vieja va a donde quiere", solía decir su marido. Pero lo más llamativo de su estilo personal de ser esposa de presidente es que fue la primera que ganó su propio dinero escribiendo, impartiendo conferencias y participando en programas de radio. Todo el mundo sabía que su salario era superior al del presidente. ¿Qué hacía la primera dama con lo que ganaba? Todo, absolutamente todo, lo destinaba a obras de caridad.
Eleanor hizo lo necesario para prescindir de choferes y de escoltas. ¡Ah, cómo hizo sufrir al Servicio Secreto! A tal grado los hizo preocuparse por su seguridad, que le suplicaron llevara siempre consigo una pistola.
"No obstante no sabía cómo usarla, acepté", escribió en una de sus tantas columnas periodísticas. "No crean que me sentía como una verdadera experta. Al contrario, me hubiera gustado haberlo sido... De hecho, no tuve oportunidad de utilizarla; pero si hubiera existido, seguramente habría sabido usarla."
Un pequeño milagro del cielo
Pero ¿quién era esta mujer que por momentos parecía como una verdadera matrona?
¿Quién era esta señora con tanta personalidad? ¿Cómo fue su niñez? ¿Cuáles sus más gratos y tristes recuerdos? Los invito a cerrar los ojos; tratemos de imaginarla cuando tenía seis años. ¿Qué vemos? A una niña de grandes ojos azules, ligeramente saltones. Ciertamente no es bonita. Además, parece tímida. Muy tímida. Vemos sus manos y ¿qué advertimos? Sus uñas. ¡Se las muerde! Deducimos entonces que es una niña nerviosa e insegura. Si nos fijamos bien en la expresión de su cara, percibimos un cierto miedo. Pero miedo ¿de qué? ¿Qué puede temer una niña de seis años?
Está jugando con su institutriz francesa. A lo lejos descubrimos a su madre. Arma Hall es una mujer bellísima. Lleva un vestido de una de las tiendas más caras de París, lo que la hace parecer todavía más elegante y distinguida. Sus gestos son delicados. Tiene facciones finísimas y un cutis como de cera. De pronto, escuchamos que llama a su hija. Le pide que se acerque. Eleanor la mira desconfiada, como si intuyera que lo que le va a decir no será agradable. Pongamos atención. Escuchemos:
"Hijita, tienes que estar consciente de que tu físico no te ayuda mucho. Por esta razón, siempre debes poner cuidado en tus modales. En mi familia siempre le dieron mucha importancia a la buena educación. Como sabes, mis antepasados firmaron la Declaración de Independencia y algunos de ellos fueron colaboradores muy cercanos al presidente George Washington. Nunca olvides tus orígenes. Mira, si eres una niña educada, tal vez tu físico pase inadvertido. Los buenos modales lo compensarán."
La niña escucha a su madre atentamente. Se diría que se bebe cada una de sus palabras, que las está escribiendo en su corazón para no olvidarlas jamás.
Seguimos con los ojos cerrados. Ahora abrámoslos. ¿Qué vemos? Vemos a Eleanor con su padre. Elliott Roosevelt es guapísimo. Es un hombre delgado con un ligero aire aristocrático. Esto no debe sorprendernos, los primeros Roosevelt datan de 1640, cuando New Amsterdam (después Nueva York) lo habitaban holandeses. Nos llama la atención esa delgadez y el porte. Puede que se deba a que Elliott es uno de los mejores polistas del Meadow Brook Country Club. Además, es aficionado a la equitación y a la cacería. La niña se ve feliz. Ya no se le nota crispada. Algo nos dice que cuando mira en los ojos de su papá se ve a sí misma bonita. En esa mirada se ve a sí misma como una niña graciosa. Por eso lo quiere tanto. Contrariamente a su madre, él la hace sentir muy linda.
Con expresión muy tierna, escuchamos que Elliott le dice: "Hijita, tú para mí eres como un milagro. ¿Sabías que cuando naciste, la noche del 11 de octubre de 1884, en el cielo había una luna llena grandota, grandota? ¿Sabías que fuiste un bebé tan chiquito, pero tan chiquito, que tu madre y yo pensamos que te ibas a morir? Por eso a veces te llamo 'milagro del cielo'.
"Cuando tu madre y yo le pedimos a mi hermano mayor, Theodore [también presidente de Estados Unidos], que fuera tu padrino, nos dijo: 'Acepto encantado. Hay algo en esta niña que me da ternura. Es tan chiquita que hasta podría metérmela en la bolsa de mi saco'."
Eleanor y la tristeza de su padre
Ya no les pediré cerrar los ojos. Al contrario, por favor, manténgalos bien abiertos; lo que narraré en seguida son los pasajes más tristes de la infancia de Eleanor. ¿Les quedó claro lo mucho que quería a su padre?
"Cuando estaba con él, me sentía plenamente feliz. Era el centro de mi mundo", escribió en su autobiografía. Aparte de ser un hombre extremadamente tierno con ella, ¿por qué lo quería tanto Eleanor? Porque sabía que en el fondo su padre no era feliz. Sabía que era sumamente conflictivo, depresivo y nervioso; que había algo en su corazón que lo ponía triste. Pero cuando más se preocupaba por él era cuando lo veía borracho. Veces hubo en que lo vio llegar a su casa tardísimo y completamente ebrio.
Cuando Eleanor todavía no cumplía cinco años, su padre se rompió una pierna. Durante ese verano, noche tras noche, Elliott gritaba de dolor. No había forma de calmarle los dolores. Eran tan fuertes que sus gritos llegaban hasta la recámara de la niña. Allí, en la oscuridad, Eleanor los escuchaba, al mismo tiempo que lloraba amargamente contra el cojín. No soportaba saber que su padre sufría a ese grado.
Pero por más alcohol que ingería, la terrible molestia de la pierna se mantenía siempre viva. Finalmente, un doctor recomendó que tomara morfina. No había otra solución. Sí, se le quitaron los dolores de la pierna, pero se le avivaron los del corazón. Anna, su mujer hacía todo por ayudarlo. Entre más le suplicaba que dejara de beber de consumir tanta droga, más se sumía en la depresión.
Después del nacimiento de su segundo hijo, Elliott, Jr., en 1889, Elliott decidió partir hacia el sur en búsqueda de nuevos tratamientos para pierna.
"No hago más que pensar en ti y rezar para que regreses pronto. No te olvides que tu esposa y tus hijos te queremos con ternura y que dentro de nuestras posibilidades estamos dispuestos de ayudarte lo más que podamos. Ojalá te olvidaras del alcohol", le escribió Anna. Finalmente, Elliott regresó, pero no estaba curado ni de la pierna ni de sus penas personales. No había tarde en que no se la pasara bebiendo y acordándose de puras cosas tristes.
Anna tenía una sola obsesión: mantener a la familia lo más unida posible. Convence a Elliott de hacer un viaje largo, muy largo por Europa. Durante varias semanas, la familia recorre Alemania, Austria, Italia y Francia. Y mientras todos muy unidos visitaban museos, iglesias y castillos, Anna observaba angustiada el estado físico y anímico de su marido. Por primera vez en mucho tiempo, Elliott parecía recuperar, finalmente, su equilibrio. Entonces Eleanor tenía seis años y podía disfrutar de su padre día y noche. Era feliz, sobre todo durante aquel día en que la paseó por los canales de Venecia. Se hizo pasar por gondolero. "Se puso a cantar con el señor que remaba. Adoraba su voz. Pero lo que más adoraba era la forma en que me trataba. Jamás dudé del especialísimo lugar que ocupaba en su corazón", escribió esta hija que amó tanto a su padre.
Luchadora de corazón
Más que una primera dama, Eleanor fue, durante los años en que gobernó su marido, la mujer más importante de la vida política norteamericana. Hasta la fecha, de todas las primeras damas, ella continúa siendo la personaja (en su caso, se puede utilizar el femenino) más célebre que jamás haya tenido la Casa Blanca. Es por ello que Hillary Clinton la tiene como un verdadero ejemplo a seguir.
Con todo respeto diremos que así como fue la más célebre, también fue la más fea. Pero eso sí, la más inteligente, sensible, luchona, lúcida y autocrítica: "Mi boca era sumamente grande; mis facciones toscas. Cuando me reía, parecía que tenía tres veces más dientes de lo normal; pero, por otro lado, también tenía tres veces más energía que todas las personas que conocía, salvo mi tío Ted", escribió en su autobiografía.
Esta energía poco común pone a Eleanor al servicio de numerosas actividades políticas y sociales. Todo esto lo hacía sin descuidar sus tareas como primera dama y madre de cinco hijos. Se convierte, además, en una gran colaboradora de su marido; particularmente, a partir de 1921, después del ataque de poliomielitis que deja completamente paralizadas las piernas del presidente.
La verdad es que era una pareja sumamente llamativa. Dicen las malas lenguas que cada uno tenía su vida sexual aparte. Sin embargo, en lo que se refería a sus respectivos trabajos en la Casa Blanca, eran sumamente unidos y cómplices. Entonces, todo el mundo sabía de la relación de Franklin Roosevelt con su secretaria particular, Lucy Mercer. En cuanto a Eleanor, ella mantenía una relación muy estrecha con una pareja de homosexuales. Las lenguas más malvadas aseguraron que Eleanor llevó una "amistad apasionada" con la periodista Loren Hickok.
Durante toda su vida pública, Eleanor luchó por lo que creía. Era una militante incansable que abogó por la justicia social y los derechos de las mujeres. Gracias a sus convicciones, llegó a ocupar un lugar destacado entre sindicalistas, feministas y militantes antirracistas. Con el tiempo se volvió la abogada de las causas perdidas. Por añadidura, gran comunicóloga, constantemente se encontraba con periodistas de todas partes del mundo, daba conferencias, pronunciaba discursos, hablaba por radio y, diariamente, escribía su columna "Mi Día". Todos, todos los días —nunca falló—, de 1935 hasta su muerte en 1962, la columna se publicó en sesenta y nueve periódicos estadounidenses. Sin duda, esta disciplina fue primordial para incrementar su ya muy notable popularidad.
Luchar contra el miedo
Aunque no fue, como solía referirse a ella la propaganda nazi, "una verdadera matrona", Eleanor ejerció una verdadera influencia en la lucha por los derechos de los negros. Igualmente, se ocupó de los refugiados antifascistas. Miles de ellos habían caído en manos de los nazis. Para ayudarlos, ella se ocupó personalmente de obtener su visa. Sin duda, después de 1945, fue una de las que más hicieron por la paz y por ayudar a las víctimas de la guerra. Asimismo, fue una verdadera convencida de la necesidad de la existencia del estado de Israel; sus visitas a los campos de concentración después de la guerra, la convencieron de la importancia del sionismo.
Pero de lo que estaba realmente orgullosa esta señorona era de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, misma que estuvo a punto gracias a la Comisión de los Derechos Humanos que ella presidía. También fue delegada de su país ante la ONU.
En 1948, cuando en París se firmó la Declaración, Eleanor fue ovacionada por todos los delegados de pie. Y así como se le aplaudió en Francia, también lo fue en su propio país. Hasta sus opositores reconocieron que era una mujer excepcional. ¡Ah, cómo la criticaron, cuántas cosas afirmaron acerca de su personalidad, de su físico y de sus "intromisiones" en la vida política de su marido!
Sin embargo, uno de sus enemigos más furibundos, el senador Vandenberg, acabó confesando públicamente: "Retiro todo lo que he dicho contra ella. Realmente es ¡formidable!". Muy poco tiempo después de la presentación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Eleanor era considerada como una verdadera heroína nacional.
Y siguió luchando. Durante el gobierno del presidente Truman, Eleanor intervino en favor de los derechos de los negros. Finalmente, en 1953, cuando Eisenhower está en la presidencia, Eleanor decide retirarse de la vida pública. Sin embargo, en 1961, el presidente Kennedy la nombra presidenta de la Comisión de la Mujer. Allí, en compañía de feministas prestigiadas, redobla sus esfuerzos y ánimos. Un año después muere.
"Siempre que miro hacia atrás, es decir, hacia mi infancia y adolescencia, me sorprende todo lo que tuve que luchar contra el miedo", dice Eleanor en su autobiografía. En efecto, no obstante su gran carácter, siempre tuvo que luchar contra el miedo. Seguramente, su marido nunca le dejó de repetir: "Recuerda que no hay nada que temer más que al temor mismo".
  
Tomado de: "Mujeres maravillosas", de Guadalupe Loaeza.

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